¿Pero no ocurre que al mezclarse con el mundo se dispersa la unidad de acción y se corre el riesgo de contagiarse de malos hábitos espirituales? ¿Acaso los primeros cristianos, e incluso antes de ellos los esenios, no se agruparon en comunidades aisladas del resto? 
Si los primeros cristianos o los esenios se refugiaban en lugares apartados de las ciudades de su época era por salvar la vida debido a las continuas persecuciones a que eran sometidos, y no por un deseo de apartarse de la sociedad. No hay nada de malo en buscar asociación con personas que persiguen un mismo ideal, pero esto no debe ser argumento para separarse del resto, ni para excluir a aquellos que no compartan los mismos ideales o creencias. El que tiene claras sus convicciones no se deja arrastrar fácilmente por las de los demás, y si lo hace es que no eran tan claras. Por otra parte, no tiene nada de malo conocer otras creencias y culturas, puesto que esto enriquece al ser humano y le permite tener más información para formar sus propias ideas y creencias. El que es católico porque nace en un país católico o el que es musulmán porque nace en un país musulmán, no ha elegido libremente su creencia, puesto que sólo tenía una opción donde elegir. 

Pero el no poder crear un tipo de institución material, ¿no es una contradicción con el mensaje de amor al prójimo? ¿No impide llevar a la práctica proyectos de ayuda material, por ejemplo, para la atención educativa, sanitaria o de acogida a los necesitados? 
Nos referimos aquí a la creación de una institución de tipo material que tenga como principal objeto el sostenimiento de ella misma, y que a sus expensas pueda acumular poder y riqueza. La riqueza y el poder son reclamos que atraen a los codiciosos y ambiciosos que buscan colocarse en posiciones de privilegio en las que satisfacer sus expectativas egoístas, y que contribuyen todavía más a estropearlo todo. Si queréis ayudar a los desamparados podéis crear centros de acogida, si queréis atender a los enfermos podréis crear hospitales, si queréis educar a los niños podéis crear escuelas. Es importante que tengan una utilidad práctica de ayuda al prójimo, y que no sean simplemente centros de realización de rituales o almacenes de reliquias, pues entonces ya no cumplirían la función para la que supuestamente fueron creados, que debía ser la ayuda a los demás. Podéis hacer uso de lo que ya está creado e infrautilizado para darle un uso social, o crearlo nuevo si no existe y con esto no incumplís el consejo que aquí se os da. Aquí lo que se censura no es el uso de los recursos materiales que, bien empleados, pueden traer el bienestar común, lo que es un ideal justo y noble, sino el abuso de los mismos para conseguir justo lo contrario, esto es, la satisfacción de intereses egoístas, que son el origen de la desigualdad social, es decir, la opulencia de unos pocos a costa de la desdicha del resto. 

¿Entonces está mal hacer recolectas, puesto que aquí se pide a la gente dinero para otras personas? 
Pedir para ayudar al que lo necesita no es nada malo. Todo lo contrario, pues si el destino de ese dinero es una buena causa, que ha de ser ayudar al que lo necesita, es un acto espiritualmente noble. Lo que es incorrecto es pedir para uno mismo con el propósito de eludir el trabajo. También es incorrecto pedir para causas inútiles o egoístas. Y mucho más incorrecto es pedir para una causa justa y luego emplear ese dinero para un propósito egoísta, como el que pide dinero para ayudar a los pobres y una vez recaudado el dinero lo invierte en la Bolsa. 

Pero entiendo yo que el que recauda el dinero suele pensar que su causa es noble. Lo que para unas personas es un causa noble para otros puede ser una causa inútil. ¿Cómo podemos distinguir una cosa de la otra? Por ejemplo, habrá personas que consideren una causa noble construir un centro de culto o restaurar una iglesia antigua, mientras que para otros será una causa inútil. 
Una causa noble es la ayuda al necesitado. Las que no contribuyen en nada a la eliminación de las desigualdades, las injusticias, y que no se destinan a la atención a los necesitados son causas egoístas. Que cada uno mire en su conciencia qué es lo que le está moviendo cuando pide dinero a los demás, porque así sabrá si lo que le mueve es un ideal egoísta o no, porque aunque podamos engañar a los demás, no podremos engañar a nuestra conciencia. La Iglesia Católica es multimillonaria y no necesita de recolectas para restaurar catedrales o hacer un nuevo edificio de culto, aunque si consigue que otros paguen la factura de su casa se sentirá muy satisfecha.

¿Algo más que deba ser evitado? 
Lo que hemos dicho antes. Se debe evitar la profesionalización de la espiritualidad. Esto quiere decir que la persona no debe aspirar a mantenerse económicamente con la actividad que desarrolle espiritualmente. El que cobra por lo espiritual pierde la condición de consejero espiritual y pasa a ser un comerciante de lo espiritual. Tampoco se debe utilizar la espiritualidad para la obtención de bienes o beneficios económicos, ventajas o favores respecto a los demás. Esto evitará que se creen jerarquías de profesionales religiosos (el sacerdocio), que se mantengan con los recursos de la organización y que no tengan otra función en ella que atender a los cultos y rituales de la iglesia y a la búsqueda del proselitismo como fórmula de mantenimiento de la estructura. Un ejemplo actual que os puede dar una mejor idea de a qué me refiero son las empresas de tipo piramidal.

Has comentado también sobre el proselitismo que es algo negativo. Esto me genera una contradicción, porque si uno conoce lo espiritual, le ha ayudado en su vida y desea darlo a conocer a los demás para que también a ellos les ayude, ¿está actuando incorrectamente? 
Cuando hablamos de hacer proselitismo nos referimos a aquellos que tratan de persuadir o convencer a los demás de algo sin respetar su libre albedrío. Me refiero a los que usan la fuerza, la manipulación o la coacción para conseguir adeptos. O de aquellos que ayudan a los demás a condición de que uno se afilie a determinada creencia, o al que intenta convencer al que no tiene interés en escuchar, o al que intenta imponer sus ideas o creencias sobre las de los demás. Todo eso es forzar el libre albedrío. Amar a los demás significa ayudarles en lo que necesiten sin esperar de ellos que compartan las ideas o creencias que uno tiene. No hay nada de malo en difundir el conocimiento espiritual. Al contrario, es algo bueno y necesario para que el ser humano evolucione y sea feliz. Pero no se puede hacer en contra de la voluntad del otro. Es decir, que aunque uno crea estar en la posesión de la verdad, si la impone al otro, ya está equivocándose. Por tanto, no hay que forzar, ni agobiar a los demás intentando convencerles de las creencias propias. No impongáis jamás vuestras creencias a nadie. Más bien aplicáoslas a vosotros mismos para ser más felices, para desarrollar vuestros sentimientos y eliminar vuestro egoísmo, porque no hay mejor enseñanza para los demás que el ejemplo vivido en uno mismo. 

¿Y de qué manera hay que actuar cuando otras personas se acercan buscando ayuda espiritual? 
Al ayudar a los demás no condicionéis esta ayuda a que acepten o compartan vuestras creencias. Hay que estar abierto a responder y compartir con aquellos que toman interés. Hay que estar dispuestos a admitir la diversidad de opiniones y a respetar otros puntos de vista discrepantes con el nuestro, estar abiertos a escuchar e incluso a modificar nuestros puntos de vista, si encontramos que el de los otros es más acertado. Cuando alguien os pida ayuda para resolver un problema emocional, antes de dar vuestra opinión preguntadles, “¿qué es lo que tu corazón te dice que hagas?” o “¿qué es lo que sientes que debes hacer?”, porque no hay mejor guía que el sentimiento de uno mismo, aunque muchas veces se confunda sentimiento con pensamiento. Ayudadles entonces a distinguir entre lo que sienten y lo que piensan, pues el egoísmo influye en el pensamiento. Podéis dar vuestra opinión y exponer vuestras vivencias, sobre todo aquellas que les puedan ayudar a aclararse. Pero no decidáis por los demás, sino dejad que cada uno decida según su criterio lo que concierne a su propia vida. Cada persona necesita un tipo de ayuda y una profundidad diferente. Hay que ponerse al nivel de cada persona y darle hasta donde necesite y quiera recibir, ni más ni menos, y también hasta donde vuestra capacidad llegue. Mirad si estáis suficientemente preparados o no para prestar la ayudar que esa persona necesita. Si observáis que no lo estáis, reconocedlo, y buscad a otra persona más preparada para que sea ésta la que preste la ayuda porque, aunque no tengáis mala intención, si aconsejáis sin saber podéis confundir en vez de ayudar. Si alguien necesita ayuda pero no quiere recibirla hay que respetar su voluntad. Se puede aconsejar pero no imponer. En este caso lo único que se puede hacer es permanecer a la espera por si cambia de opinión. Es decir, no le cerréis la puerta a aquel que no quiso entrar, sino más bien dejadla entreabierta para que si cambia de opinión se atreva a pedir la ayuda que antes rechazó. 

¿Algo más importante que añadir? 
Sí, que vuestras creencias no se formen por el criterio de autoridad, sino que sigáis vuestro propio criterio. Quiero decir, no deis más validez a la palabra de ciertas personas sólo por el hecho de ser quienes son, sino que las valoréis en función de la calidad del propio mensaje que transmitan, y que las toméis en cuenta o las apartéis en función de vuestro propio criterio. De esta manera no se menospreciarán mensajes espirituales verdaderos por el hecho de proceder de personas humildes, ni se ensalzarán mensajes egoístas por el hecho de proceder de autoridades de renombre. El poder de las religiones precisamente reside en haber convencido a sus fieles de que el criterio de autoridad es el que vale, es decir, que la palabra del que tiene un rango superior vale más que la del que tiene un rango inferior o el que no lo tiene. Que el sumo sacerdote, pontífice, Papa o como le queráis llamar, está en posesión de la verdad absoluta y que lo que él dice no admite discusión, porque nadie tiene mayor autoridad que él en referencia lo espiritual. De esta forma las autoridades religiosas han conseguido que se den por buenas creencias egoístas que obstaculizan el progreso espiritual del ser humano, pero que favorecen sus intereses, mientras que han condenado, difamado u ocultado las creencias que eran espiritualmente verdaderas, pero que eran un obstáculo para sus intereses. 

¿Alguna cosa más que deberíamos evitar? 
Sí. No busquéis el reconocimiento, la fama y la admiración en lo que hagáis por los demás, porque entonces no estáis amando, sólo alimentando vuestra vanidad.

Continuará...


Extracto del libro  “La ley del amor” - Las Leyes Espirituales II de  Vicent Guillem

Artículo Anterior Artículo Siguiente

Formulario de contacto