Critica al ego y al egoísmo y el enfoque incorrecto de la arrogancia

La arrogancia o el orgullo injustificado son dos formas de autoengaño. La persona arrogante se engaña a sí misma al creerse más capacitada, poderosa, íntegra, popular o atractiva de lo que realmente es. En efecto, una persona arrogante suele estar convencida de que no tiene defecto alguno y, en consecuencia, achaca sus problemas a los defectos de los demás. Sin embargo, la arrogancia nos impide luchar por ser moralmente mejor. Persuadida de su perfección, la persona arrogante es incapaz de verse a sí misma tal y como es, de admitir sus propias limitaciones, porque está cegada por el orgullo.

Crítica al ego y al nacimiento del ego. Arrogancia y autodesprecio

[...] Desde esta perspectiva, la arrogancia y el autodesprecio son las dos caras del egocentrismo. Ambos se manifiestan a través de la depresión psicológica. Si algo tienen en común una persona que se menosprecia y una persona arrogante es la obsesión por su ego: la primera se regodea en su propia desgracia; la segunda, en su arrogante perfección. En ambos casos de egocentrismo, el individuo se centra constante y exclusivamente en sí mismo. Esta clase de gente sólo sabe hablar de sí misma: el arrogante para alabarse, el que se infravalora para echar la culpa de sus desgracias a los demás. Ambos tienden a manifestarse sus inseguridades a través del odio.

Ecuanimidad vs. la arrogancia: Establecer el “camino medio”


El tercer antídoto contra la arrogancia es cultivar la humildad y ecuanimidad. Etimológicamente relacionada con la voz latina equalis, ser ecuánime significa saber valorar las cosas por igual, ni por defecto ni por exceso. Sólo la persona que goza de ecuanimidad moral es capaz de tomarse la existencia con calma y tranquilidad. Haciendo gala de una templanza encomiable, no vive pendiente de la aprobación de los demás ni sufre frustración alguna, sino que es imperturbable y consciente de estar haciendo de su vida una obra de arte.

Odio y ego: La importancia de cultivar virtudes

[...] El odio nos endurece, en tanto que el amor nos enternece. La apatía impide el despliegue del ego, la empatía lo abre a los demás. La humildad, el amor y la empatía tienen un poder curativo porque nos ayudan a admitir nuestros errores y a confesarlos sin temor. “La confesión es buena para el alma”, reza el viejo proverbio, pero sólo si es el preludio de una reconciliación, de una sanación. El cultivo de las virtudes morales no admite que nos repleguemos en nuestro propio yo, nos cerremos a los demás y vivamos en un laberinto de odio, resentimiento, depresión y ansiedad.


Extracto de las enseñanzas de Sherwin L. Byron ("Por qué ser bueno")
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