La manera en la que percibimos el mundo y la forma en que nos comunicamos con nosotros mismos determina en gran parte el grado de felicidad que experimentemos en nuestras vidas. No existe ningún fenómeno externo que pueda causarnos malestar o infelicidad. Creemos que debemos enojarnos si nuestra pareja no actúa como nos gustaría, o que es humano que nos sintamos angustiados por la falta de equidad en el mundo. Que es normal sentirse malhumorado en una congestión de tráfico, o que es lógico que reaccione con rabia y vehemencia si alguien me maltrata. La realidad es que todas estas emociones negativas se originan por lo que nosotros nos decimos a nosotros mismos sobre los hechos que nos presenta la vida y no por el hecho en sí. Cada uno es responsable de sí mismo con todo lo que eso implica. Es más fácil creer que las demás personas hacen que nos sintamos enojados, frustrados, amargados, o malhumorados que trabajar con nosotros mismos.

Cómo funciona el dialogo interno


Cuando alguien nos maltrata nos sentimos angustiados porque decidimos creer en lo que esa persona nos dijo. Si en vez de creer en el insulto que nos haya propagado, pensamos “esta bien, tienes derecho a pensar así, pero yo no estoy de acuerdo”, no nos enojaríamos. Nos afecta porque le damos importancia, porque creemos en él, en definitiva por lo que nosotros nos decimos a nosotros mismos. Este diálogo interno ocurre tan rápido que muy probablemente ni siquiera nos demos cuenta.

La clave está en la auto-observación. Separarnos del hecho y tratar de observar más objetivamente y analizar por que motivo elegimos sentirnos de esa manera. Qué es lo que estamos tratando de lograr con nuestra actitud y en base a qué estamos reaccionando.

En primer lugar hay muchos motivos por los cuales elegimos sentirnos desdichados. Para manipular y lograr nuestro objetivo inmediato, para no tener que realizar un trabajo profundo con nosotros mismos o sencillamente porque no nos sentimos capaces de hacerlo. Sea cual sea el motivo, debemos tomar conciencia de que somos nosotros mismos los creadores de nuestra infelicidad.

Cada uno es responsable de si mismo con todo lo que eso implica. 

En segundo lugar, cuando reaccionamos estamos actuando en base a una experiencia pasada. La etimología de la palabra así lo demuestra: re-accionar, es decir, actuar nuevamente. Estamos programados para actuar de determinada manera ante hechos específicos. Nos hemos clasificado, si alguien me trata de manera “A”, mi  espuesta será “B” pero si me trata “C” entonces será “D”. No estamos pensando libremente, sino, actuando en consecuencia. En el momento en que nos damos cuenta de que estamos reaccionando en base a viejos patrones de conducta, debemos tomarnos un segundo para pensar lo más libremente posible, que es lo que ahora nos pasa con esto que nos presenta la vida. No lo que aprendí, no lo que siempre hice, ni lo que hace todo el mundo, sino, lo que hoy, aquí y ahora, me pasa.

Reaccionar menos y accionar más.


El círculo del pensamiento Los sentimientos generan pensamientos que a su vez nos mueven hacia la acción, lo cual genera una consecuencia que a su vez vuelve a generar un sentimiento y luego un pensamiento. Así se forma un círculo infinito que, a menos que estemos  atentos, no  se puede parar. Por eso somos una parte sumamente activa en la construcción de nuestro universo, porque lo que nosotros nos decimos a nosotros mismos es lo que nos lleva a la acción, no lo que hacen los demás, lo que sucede en el mundo, sino, lo que nosotros nos decimos al respecto. ¿Qué te decís a vos mismo?, ¿cómo reaccionas ante la vida? La manera en que percibimos el mundo que nos rodea es la materia prima con la que nos creamos el nuestro, y la forma en que nos comunicamos con nosotros mismos determina en gran medida no sólo nuestros sucesos futuros sino también, nuestros pesares o alegrías presentes.


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