Vamos a salir de la zona de confort, pero  primero tendremos que decirle adiós a la rutina. Tenemos que vivir con entusiasmo, buscar un papel y escribir una lista de lo que no podemos hacer y que nos tome nuestro tiempo para sacarlo todo aquello y como en una escuela de una pequeña ciudad del estado de Michigan enterrar los «No puedo»! o quemarlos si preferimos A ellos les llevó unos diez minutos porque la mayoría de los niños querían participar. Cuando el hoyo alcanzó casi un metro, la excavación se detuvo. La caja de los «No puedo» fue debidamente colocada en el fondo del hoyo y rápidamente cubierta de tierra.

Lo importante es despedirlos. Ya que mientras estuvieron con nosotros en la tierra, afectó a las vidas de todos, de unos más que de otros. Su nombre, desdichadamente, ha sido pronunciado en todos los edificios públicos… en escuelas, ayuntamientos, en el trabajo e incluso en el parlamento.

Busquemos para "No puedo" un último lugar de reposo y una lápida que lleva su epitafio. Le sobreviven sus hermanos y su hermana, "Quiero", "Puedo" y "Lo haré inmediatamente". No son tan bien conocidos como el célebre difunto y aún no tienen la fuerza y el poder que éste tenía. Tal vez algún día, con vuestra ayuda, dejen en el mundo una huella mucho más importante.

Ojala que "No puedo" descanse en paz y que en su ausencia todos los presentes rehagan su vida y sigan adelante.

Al escuchar la oración fúnebre, me di cuenta de que esos niños no olvidarían jamás aquel día. La actividad era simbólica, una metáfora de la vida.

Era una vivencia que quedaría fijada para siempre en el inconsciente y también en el consciente.

Escribir los «No puedo», enterrarlos o quemarlos y oír la oración fúnebre era un importante esfuerzo por parte de aquella maestra, y ese esfuerzo todavía no había concluido. Terminada la ceremonia, los estudiantes se dieron la vuelta y volvieron a la escuela, donde tuvo lugar una reunión.

 Celebraron el funeral del «No puedo» con bizcochos, palomitas de maíz y zumos de fruta. Como parte de la celebración, la maestra recortó una gran lápida de cartón. En la parte superior escribió «No puedo» y las letras RIP en el medio, abajo añadió la fecha.

La lápida de cartón siguió colgada de la pared del aula durante el resto del año. En las raras ocasiones en que alguno de los alumnos olvidaba el acto y decía «No puedo», la maestra se limitaba a señalarle el signo del RIP. Entonces, el niño o la niña recordaban que «No puedo» había muerto y buscaba otra forma para expresarse.

Sin embargo, es importante aprender una lección inolvidable.

Cada vez que oigamos decir «No puedo» volvamos a recordar aquel funeral en la clase de cuarto grado y, como aquellos estudiantes, recordemos que «No puedo» ha muerto.

Si es necesario haz  tu lápida, cuélgala en un lugar visible para que no exista más "no puedo" y sí muchos  QUIERO, PUEDO Y LO HARÉ INMEDIATAMENTE. Recuerda que quizás no salga bien, l inicio con la práctica lo irás mejorando

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