Décima novena entrega de la Ley del Amor, de Vicent Guillem

Háblame ahora de la hipocresía.

Más que un egosentimiento en sí mismo, la hipocresía es una manifestación de la vanidad. Es el deseo de aparentar ser lo que no se es, de dar buena imagen. La persona hipócrita es aquella que no desea avanzar espiritualmente, sino sólo aparentarlo con el objeto de ser alabada y admirada. No busca cambiar sino sólo dar una imagen de cara al exterior. Por eso la hipocresía es un gran enemigo del avance espiritual, puesto que la persona no trabaja para cambiar y eliminar su egoísmo, sino sólo para ocultar el egoísmo a los demás y dar una imagen de falsa bondad. Suelen ser personas que actúan con astucia para llegar a convencer de que realmente son buenas y van a actuar a favor de los demás, cuando en realidad actúan para satisfacer su propio egoísmo. El comportamiento hipócrita es muy habitual en la política, sobre todo en época de elecciones, pues todos los candidatos se afanan en dar buena imagen y apariencia de deseos de mejorar las condiciones de los ciudadanos para convencerles de que les voten. Pero una vez llegan al poder actúan para favorecer sus propios intereses o los de aquellos a los que deben favores. Pero no sólo en política, en todos los ámbitos de la vida existe una tendencia a dar una imagen diferente de la que uno es con el propósito de aprovecharse de los demás. Por eso la hipocresía es un gran enemigo del amor al prójimo, puesto que hay muchos que simulan amar a los demás cuando detrás de esa apariencia de bondad esconden propósitos egoístas, que pueden ser deseos de reconocimiento, fama, riqueza o poder. 

¿Y cómo podemos diferenciar a alguien que actúa con verdadera bondad de alguien que sólo lo aparenta? 
La persona bondadosa actúa con sinceridad y desinterés y mantiene una coherencia entre lo que dice y lo que hace. El hipócrita finge y se contradice constantemente, puesto que dice una cosa y hace otra muy diferente. Esto la pone en evidencia. Por ejemplo, suelen alardear de ser humildes, cuando la persona que es modesta no alardea nunca de lo bueno que hace por los demás. Le basta con hacerlo para llenarse. Mientras, el hipócrita no hace nada por nadie a no ser que obtenga algo a cambio. La persona hipócrita en algún momento cometerá un error y dejará al descubierto su propósito egoísta, y en ese momento será posible desenmascararla. 


¿Y qué se puede hacer para superar la hipocresía? 
Primero, reconocer que se tiene y que hay que luchar para superarla. Sería bueno también tomar conciencia de que en realidad estar toda la vida fingiendo es agotador y genera vacío y, por tanto, infelicidad. Pensemos también que en el mundo espiritual no hay posibilidad de engaños y que allí a cada uno se le ve tal y conforme es y no como intenta aparentar, con lo que desde el punto de vista espiritual es un esfuerzo vano e inútil. La hipocresía nace del deseo de ser más que los demás, por eso está muy relacionada con la vanidad y el afán de protagonismo. Cuando se renuncia a ese deseo entonces es posible superarla. 


¿Me puedes hablar ahora del afán de protagonismo? 
Sí. En realidad del afán de protagonismo ya hemos hablado anteriormente y no nos vamos a extender demasiado, pues sería repetirnos. A modo de resumen, podemos decir que el afán de protagonismo es el deseo de ser el centro de atención, de que los demás se fijen en uno. El afán de protagonismo se da con mayor intensidad en la etapa de la vanidad, por el deseo de obtener fama, éxito, admiración y alabanza de los demás. También se puede dar el afán de protagonismo en las etapas del orgullo y la soberbia, y en esos casos suele estar motivado por un vacío de sentimiento y un deseo de ser querido. El afán de protagonismo en las personas que están en la etapa del orgullo o de la soberbia se denomina arrogancia. El arrogante es aquel que se siente superior a los demás y actúa con prepotencia y despotismo. 


¿Pero hay algo de malo en desear ser querido por los demás? 
Nuevamente te digo que no, pero esta no es la forma correcta de buscarlo. El que hace algo esperando algo a cambio, se suele decepcionar o enfadar si ese algo no llega, con lo cual refleja que no hacía las cosas por amor a los demás sino por interés. El que ama verdaderamente se llena con lo que hace por los demás, sin que le sea necesario un reconocimiento. También hay que tener en cuenta que la decisión de que alguien nos quiera no está en nosotros, sino en la voluntad de ese alguien. Forzar ese sentimiento hacia nosotros, exigiendo esto como forma de agradecimiento por lo que hemos hecho por ese alguien, sería una vulneración del libre albedrío de esa persona. 

¿Cómo se superan el afán de protagonismo y la arrogancia? 
Practicando la humildad. 


¿Y qué es exactamente la humildad? ¿Podrías definirla? 
Podríamos definir la humildad como la cualidad espiritual que caracteriza a las personas que actúan con total sinceridad, transparencia y sencillez, capaces de reconocer sus defectos y errores y que no hacen alarde de sus virtudes. La humildad es una cualidad que es imprescindible desarrollar para poder ayudar espiritualmente a los demás, porque sin ella es fácil caer en la egolatría o culto a uno mismo, en el envanecimiento y la arrogancia. 


¿Y cómo la falta de humildad puede desembocar en egolatría, envanecimiento y arrogancia? 
Si alguien que demuestra interés por ayudar a los demás consigue captar la atención de un número creciente de personas y está falto de humildad, seguramente se deslumbrará a sí mismo, se fascinará. Seguramente su afán de protagonismo se disparará, porque se siente el centro de atención de mucha gente. Como no reflexiona sobre sus defectos acabará creyéndose que es mejor que los demás, y que está por encima de ellos. Lo que motiva a esa persona en este momento por encima de todo es captar la atención, la admiración y la alabanza de un número cada vez mayor de personas. Aunque todo esto se puede dar de una manera tan sutil, utilizando tan buenos modales, que al principio sólo es perceptible para un espíritu con gran capacidad de captar el interior espiritual. Al mismo tiempo se le puede despertar la envidia por aquellos que demuestran mayores aptitudes espirituales que él mismo, pues los consideran rivales que les roban seguidores. De una manera astuta y malintencionada puede llegar a menospreciarlos si encuentran que en la comparación quedan en evidencia sus defectos. También suelen encumbrar a una posición de privilegio, pero subordinada a la suya propia, a aquellos que sin tener la capacidad suficiente son obedientes seguidores de sus órdenes. En ese momento la motivación de ayudar a los demás queda ya en un segundo plano, aunque se siga utilizando como tapadera para conseguir más adeptos. Y todo eso ha ocurrido porque no se ha cultivado la humildad, es decir no se ha actuado con total sinceridad, transparencia y sencillez, no ha habido un reconocimiento de los defectos (el afán de protagonismo, la arrogancia, la envidia) y se ha hecho alarde de supuestas virtudes. 


Visto de esa manera parece imposible amar al prójimo y ayudar a los demás, porque es muy difícil alcanzar ese estado de humildad necesario para no dejarse atrapar por el afán de protagonismo. Quiero decir, ¿se puede amar a los demás y ayudar al prójimo sin caer en las trampas del egoísmo? 

Claro que se puede. Se puede cuando se hacen las cosas de corazón y se es vigilante con los propios defectos, para reconocerlos cuando se manifiestan y luchar para que no dominen nuestra voluntad. Se puede cuando no se es presuntuoso ni pretencioso, ni se quiere ir más lejos de lo que la propia capacidad puede alcanzar. Cuando uno pretende ayudar al prójimo no debe hacer las cosas con el propósito de destacar sobre los demás, ni para entrar en competición ni en comparación con lo que hacen los demás, sino sólo porque se llena con la satisfacción de ver que esa ayuda ha repercutido en un bien para alguien. Esta es la forma de avanzar con paso firme y seguro hacia el amor incondicional



Continuará...


Extracto del libro  "La ley del amor" - Las Leyes Espirituales II de  Vicent Guillem
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