3. Envidia: ¿sana o enfermiza?
La envidia nos transforma en seres intolerantes respecto del éxito de los demás. Se sufre por tener menos dinero, menos felicidad que el otro. El objetivo es siempre tener “mayor cantidad” que la que el otro tiene, aún a costa del dolor y la infelicidad. Quien vive bajo estos conceptos sólo podrá ocupar el lugar de víctima, malgastando tiempo, en vez de vivir bien y permitir que el otro viva como mejor le parezca.

Cuando se les pregunta a las personas si son envidiosas, suelen responder que sí, que algo de envidia padecen, pero que en realidad lo que sienten es una envidia sana y no enfermiza. Muchos describen a la envidia sana como aquella emoción que reconoce que el otro tiene algo que ellos mismos desean y que aún no obtuvieron, pero que harán todo lo posible por conseguir. En este acto se reconoce que alguien accionó, que trabajó la milla extra que a otro le falta recorrer para llegar al mismo lugar. Esa envidia que no acarrea ni dolor ni frustración.

Sin embargo, muchas otras personas se enfrentan a diario a una envidia enfermiza, que sólo genera una continua desazón, infelicidad, frustración y dolor por no poder tener lo que el otro tiene o ha logrado, de forma tal que las inhabilita a ocuparse de lo que realmente merece importancia: nosotros mismos y nuestras acciones.

“La envidia es de una esencia tan etérea que no es más que la sombra de una sombra.” William Shakespeare

Envidias sanas o enfermizas, envidias ocultas o expuestas, envidias controladas o descontroladas, son envidias al fin, envidias que afectan nuestra estima y emociones y, en consecuencia, nuestros resultados. Envidia, sí, tal vez ¿competencia?, ¿pasiones descontroladas? La envidia no tiene ni sexo ni religión, ni clase social ni raza, es una emoción que afecta a cualquier individuo que no esté enfocado en su propia vida ni en sus metas. No es mayor ni menor, ni sana o enfermiza, ni buena ni mala.

Como cita el filósofo español Miguel de Unamuno: “La envidia es mil veces más terrible que el hambre, porque es hambre espiritual”, a lo que Napoleón Bonaparte agregó: ”La envidia es una declaración de inferioridad.”

El mundo está plagado de vidas obsesionadas en vidas ajenas, en logros de terceros; son vidas que no pueden ver niegan a darle valor a aquellos logros y éxitos que han alcanzado. Se trata de personas que están cegadas ante el valor de sus propias vidas, vidas que poseen sin ser poseídas, sin ser disfrutadas ni explotadas al máximo nivel de gozo y de resultados.

Se trata de vidas que desean encarnarse en otras vidas; sin embargo, ¿serán capaces de tolerar y atravesar todo aquello que esas otras vidas han sobrellevado para llegar al éxito? ¿Podrán emular los esfuerzos, las pasiones, los trabajos, las millas extras, la energía enfocada, el tiempo, la dedicación, el estudio, la preparación, las metas y las estrategias diseñadas con esmero por quienes son envidiados?

Un viejo dicho popular dice: si miras mi éxito, mira también mi sacrificio. Sin ser tan dramáticos pero sí realistas, es necesario reconocer que muchas de las personas que hoy están en un lugar de privilegio han sido constantes, han decidido pagar el precio de trabajar, esforzarse y mejorarse siempre un poco más. Han dedicado tiempo a escuchar a sus mentores, a superarse, a sanar cada emoción que lastimaba su estima y que los detenía en el camino a su sueño. Se trata de personas que no se detuvieron hasta cosechar la recompensa que les correspondía por su siembra.

Son personas que supieron sembrar y luego cosechar, que supieron hablar y pedir lo que necesitaban, golpear y derribar cada puerta cerrada sin detenerse, personas que conocían el principio que dice:

“Si golpeas, se abrirá; Si pides, se te dará; Y si buscas, encontrarás.”

Tu búsqueda personal es la que le dará el sentido a tu vida; tus metas y tus objetivos serán los que te liguen a tu destino; tus sueños y tu propósito enfocarán tu energía y tu accionar.
Soñar, proyectarse y ser cada día un poco mejor son los ingredientes de una estima sana que sabe que las limitaciones sólo están en la mente, que nadie le robó a nadie nada de lo que le pertenece, que la felicidad depende de lo que ella misma es capaz de poseer, que su valía no está en función ni de la aprobación ni de la mirada ajena, que su recompensa está esperando ser recogida y que el éxito que le aguarda tiene su nombre.

Una estima sana no busca reconocimiento ni fama ni se mueve por conveniencias, sólo está enfocada hacia una aprobación y satisfacción personal; si el resto llega, bienvenido sea, pero es libre de la adulación y de aquellos que la ejercen.

“Nuestra envidia dura siempre más que la dicha de aquellos que envidiamos” Francois de la Rochefoucauld

“Aceptando que gustamos a quienes gustamos cuando somos como somos, no querremos agradar a más gente cambiando nuestro carácter, porque entonces ni seremos ni gustaremos. “ Nadie tiene derecho a compararte. No mires a nadie ni te distraigas, crece todo lo que puedas.

No compitas con nadie, no tienes que demostrarle nada a nadie. No tienes que llegar adonde el otro llegó, sólo superar tus logros y tus propios límites.

“Una demostración de envidia es un insulto a uno mismo.” Yevgeny Yevtushenko, poeta ruso

“Envidia bien y no mires a quién”. Meritxell Hernández

Tampoco tienes obligación de ganar el sueldo que percibe otro, sino de mejorar tus ingresos actuales. No estás obligado a tener el cuerpo de los modelos de turno para ser aceptado, sólo trabaja para poder gozar de una buena salud física y mental. ¡Sé la mejor versión de ti mismo, y seguro el rating va a estar de tu lado!

Del Capítulo 2 del libro de  Bernardo Stamateas -“Gente Tóxica”
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