Columna aparecida en la revista Ya de hoy, escrita por Pilar Sordo. 

¡Hombres! Son tantas las cosas que se dicen de ellos o, mejor dicho, que comentamos las mujeres, que al comienzo no supe por dónde empezar estas reflexiones. Tengo que reconocer que mi camino con ellos ha sido lento y todo un proceso de aprendizaje, valorando mucho todo lo que me entregan hoy. Claramente tendría que decir que los tres hombres que me rodean –mi padre, mi hijo adolescente y mi pareja– me enseñan todos los días a ser mejor y a disfrutar lo que tengo y no lo que me falta.

Uno escucha frases como 'Los hombres son raros, un mal necesario'; las mujeres más jóvenes a veces dicen: 'No los necesito'. También escucho quejas como que no hablan, que son agresivos, que adoran el control remoto, que son malos amantes, machistas en proceso de cambio, infieles por naturaleza, etc.

En general, no decimos frases muy gratas de ellos, aunque creo que no son tan difíciles de entender como parece. Al revés, la complejidad femenina es mucho mayor, sin que con ello esté diciendo que son mejores o peores que las mujeres.

¿Cómo son ellos? Diría que se muestran ordenados y estructurados. Parece que siempre tienen claro dónde van, y por eso suele decirse que un hombre puede llegar a Alaska antes de bajar el vidrio y preguntar dónde queda una calle. Aparentemente suelen tener todo bajo control. Les molesta, por ejemplo, que las mujeres caminemos sin sentido ni rumbo, el clásico vitrineo. Ésa es una verdadera estafa hacia la estructura masculina, porque ¡nunca les avisamos que íbamos a caminar así!

Los hombres se concentran en una sola cosa mayormente y por eso se muestran planificados y orientados hacia una meta. Unida a esa característica está el ser visuales, prácticos y diseñados para soltar. Esto último implica que están estructurados para el avance, no para la detención. Por eso dan vueltas las páginas de la vida con mucha mayor rapidez que las mujeres, y tienen la sensación de pasar de una etapa a otra sin tantos recuerdos internos, siendo capaces de solucionar en forma rápida sus conflictos más profundos.

Además, los hombres tienen una gran capacidad de juego, no la pierden nunca, a diferencia de las mujeres, que dejamos de jugar a muy corta edad. Esta conducta les permite tener algo que les gusta hacer, como los autos, los canales de televisión, los deportes, el armar o desarmar cosas, y además respetan a morir estos espacios. Esto les permite contar con una buena capacidad de disfrutar del presente. Física y mentalmente, siempre están en el lugar donde efectivamente están. Las mujeres, en cambio, estamos de cuerpo en el lugar físico en que nos encontramos y con la cabeza donde nos creemos indispensables.

Por favor, quiero que quede claro, desde ya, que todas las características que aquí menciono se desprenden de las investigaciones que he realizado, y sólo muestran tendencias. No son generalizaciones de la sicología masculina sino, más bien, un reflejo de lo que he observado en el trabajo con ellos. Dicho esto, me centro en quizás la característica más significativa de lo masculino en sí mismo, y es que están centrados permanentemente en objetivos y no sólo en procesos. Esto se nota, por ejemplo, en los viajes. Para el hombre, las vacaciones comienzan cuando llega al objetivo, es decir al destino, Pucón por ejemplo. En cambio, para la mujer, las vacaciones comienzan cuando se suben al auto; Pucón es simplemente un dato de la causa.

Para ellas es importante parar en cuanta estación de servicio hay, quieren detenerse a sacar fotos, comprar frutas, y cada vez que paran no piensan en que al hombre, en su estructura masculina, Pucón se le aleja, se le desdibuja. Esto porque ellos disfrutan mayoritariamente con la llegada al destino, ya que tienden a sentirse felices cuando van logrando lo que se proponen.

Esta característica de centrarse en objetivos está reforzada por la estupenda capacidad que poseen de separar las cosas. Es como si tuvieran la cabeza compartimentada en cajones, en que cada uno de ellos guarda su propio mundo. Si un hombre está trabajando, sólo está trabajando; tiende a observar las cosas de a una, y le cuesta mirar muchas variables al mismo tiempo.

Pero quizás el problema de esta dimensión masculina radica en que cuando logran sus objetivos, muchas veces dejan de cuidar lo logrado, y eso, de alguna manera, los arriesga a veces a perder lo conquistado. Si esto lo trasladamos a su actuación en la conquista amorosa, los hombres, cuando conquistan, colocan, como se dice en buen chileno, 'toda la carne en la parrilla'. Pero cuando ya nos enamoramos de ellos, el objetivo parece logrado, y todas las cosas que se hacían en el proceso de la conquista se dejan de hacer. Pareciera que pensaran: 'Listo, ya se enamoró de mí, para qué le voy a seguir diciendo que la quiero, si eso ya está resuelto'. A algunos les cuesta entender que una mujer nunca es un objetivo cumplido, sino un proceso por conquistar, y que cuando él siente que es un objetivo logrado, la empieza a perder.

Todo esto me ha llevado a observar que la razón más importante que moviliza el cambio masculino es el miedo, y esto se debe a que el objetivo que parecía logrado, y que por lo tanto ofrecía estabilidad emocional, cuando se quiebra, lo lleva a movilizar todas sus energías para lograr o reconquistar nuevamente lo perdido.

Comunicar: su mayor dificultad

Por todas estas características es que a los hombres les cuesta entender la intuición femenina y la necesidad que tenemos las mujeres de que nos digan que nos quieren. La intuición femenina no es observable, ni registrable. No se ve ni se mide y eso, para ellos, la hace poco creíble. Dudan de este aspecto en la medida en que no aprenden a retener y a manejarse con el mundo emocional. Sólo cuando logran entrar a ese mundo, empiezan a entenderla como una fuerza de conocimiento importante.

Pero quizás la mayor dificultad de los hombres, y al mismo tiempo su mayor desafío y misión, es aprender a comunicar lo que sienten. No suelen hacerlo, porque lo consideran innecesario: nada gano diciendo lo que siento, tengo que buscar una solución, suele ser su postura. Es como llorar; no sirve para muchos, porque con las lágrimas no se solucionan los problemas.

En general, las mujeres decimos que los hombres no hablan, y eso no es cierto; ellos hablan, y harto, pero afuera de sus familias, lo que nos lleva a pensar que la gran producción verbal masculina es para la gente que les genera los recursos y no los afectos. En la investigación del 'Viva la diferencia', yo descubrí que, en promedio, las mujeres hablamos alrededor de 27.000 palabras diarias, y los hombres, cerca de 10.000. Pero ése no es el problema. El problema es que en general los hombres se 'gastan' esas 10.000 antes de llegar a sus casas, y con suerte les queda un par, que a veces son: 'vengo cansado' y 'tengo hambre'.

Es por ello que el gran desafío que tienen es aprender a comunicar su mundo emocional, y a preocuparse de sus hijos y pareja tanto o más como cuidan sus trabajos. Y todo esto tiene que ver con lo que hablan, porque si no comunican, no retienen. El amor se debe cuidar igual que el mundo laboral, pero a muchos les pasa que como piensan mayoritariamente en objetivos, se pierden los procesos de muchas cosas en la vida, como, por ejemplo, el crecimiento de los hijos. Sólo estuvieron centrados en las metas que se propusieron con ellos.

¿Cómo lo hacen entonces para sentir seguridad en el mundo? Lo hacen a través del poder como elemento de control. El poder es un tema masculino importante. Generalmente lo tienden a manejar desde lo económico, por eso puede ser que la cesantía les afecte tanto: no han logrado el objetivo de control, lo que los lleva muchas veces a paralizarse. Por lo mismo, el tema sexual es otro pilar importante dentro de su configuración de identidad, y tengo que admitir que cada vez más se configura su identidad no sólo con esos dos elementos, sino que también con lo emocional. Cuando un hombre aprende a decir lo que siente, a cuidar lo que tiene, puede comunicar lo que le pasa, tiende a vivir más fácilmente las emociones y los afectos, pero siempre desde lo visual. Ellos procesan el mundo desde lo que ven y, por lo tanto, su aproximación a la realidad tiende a ser concreta. Por ejemplo, si en la primera cita él regala un chocolate y ella sonríe, siempre le llevará ese chocolate, y no otro.

Claramente los hombres han evolucionado. Han crecido sin dejar de hacer lo que siempre hacen. Hoy, además de pensar en objetivos, y trabajar por lograrlos, han ido aprendiendo a hacerse cargo de sus emociones. Cocinan fantástico, cuidan niños, juegan más con ellos, cuentan cuentos y están aprendiendo a retener sus afectos. Se podría decir que han desarrollado su lado más femenino y les ha hecho bien. Pero cuidado, las mujeres seguimos necesitando lo masculino de ustedes, sobre todo en lo decididos, firmes y protectores que son, en un buen sentido. Y lo galante es algo que las mujeres siempre vamos a agradecer.

En general, creo que aún tienen mucho que aprender en el mundo de lo emocional. Debieran entender que la paternidad es mucho más que dar recursos. Eso se llama ser financista de un proyecto y no padre. En el aspecto de la sexualidad, tienen mucho que entender sobre cómo funcionamos las mujeres. Al ser nosotras de procesos, el antes y el después es casi más importante que el durante. Ojalá les hablen a sus mujeres mientras las 'regalonean' y siempre les digan que las quieren, que se ven bonitas, etc. Las mujeres necesitamos esas cosas. Hay que desarrollar un préambulo y un 'acurruque' posterior, para que nos sintamos amadas por ustedes y no utilizadas.

Pero mucho depende de la mujer el cómo hace crecer a ese hombre. Es ella quien le permite y facilita desarrollarse; aunque a veces eso las mujeres lo sientan como una carga. Más bien, es un tremendo privilegio.

Ellos, frente a la disyuntiva de elegir entre el amor y la responsabilidad, tienden a optar por la responsabilidad. Pero en la medida en que evolucionan entienden que el amor es la responsabilidad más importante.

Los hombres son seres apasionantes, a veces un tanto predecibles, pero de una ternura escondida exquisita. A veces, son un poco combatientes jugando a ser fuertes, aunque no lo sean tanto en su fuero más interno. Necesitan ser admirados por las mujeres. Una sonrisa en el rostro de su señora, les puede arreglar el día. Necesitan a una mujer al lado, y no sólo a una dueña de casa; necesitan una compañera que les enseñe a comunicarse.

Tienen que aprender a decir lo que sienten sin sentir que es malo mostrarse vulnerables. La fortaleza está en las fragilidades. Un edificio antisísmico no se cae porque se mueve, las estructuras rígidas se quiebran, las flexibles sobreviven.

No pierdan su masculinidad, esto es lo que hay que desarrollar. El machismo sólo saca el feminismo. El gran desafío es sacar lo masculino para que salga lo femenino de las mujeres, y sólo esto nos llevará al maravilloso complemento al cual estamos llamados.
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