¿Es posible tener grandes valores, haber alineado todas sus reglas para apoyarlos, estar haciéndose las preguntas correctas y, sin embargo, no vivir sus valores en el momento? Si es honrado consigo mismo, ya sabrá que la respuesta es afirmativa. En un momento u otro de nuestras vidas, todos nosotros hemos permitido que los acontecimientos nos controlaran, en lugar de controlar nosotros nuestros estados de ánimo y decisiones en cuanto a lo que significan esos acontecimientos. Necesitamos disponer de un camino bien definido para aseguramos que vivimos en consonancia con los valores con los que nos hemos comprometido, así como una forma de medir si estamos alcanzando o no ese valor sobre una base diaria.

EL JOVEN HABÍA ALCANZADO un éxito enorme cuando sólo tenía veintisiete años de edad. Era muy brillante, instruido y tenía la sensación de tener el mundo en sus manos. Pero un buen día se dio cuenta de algo: ¡no era muy feliz! No era grato a mucha gente porque le veían altivo y despótico. Tenía la sensación de que ya no controlaba la dirección de su vida, y mucho menos de su destino último.

Decidió hacerse cargo del control de su vida estableciendo un criterio más elevado para sí mismo, desarrollando una estrategia para alcanzar ese nivel, y creando un sistema por el que pudiera medir diariamente sus resultados. Empezó por seleccionar doce «virtudes» (doce estados que deseaba experimentar cada día) que tenía la sensación de que podrían conducir su vida en la dirección que deseaba. Luego, tomó su diario y anotó los doce estados de ánimo, y al lado creó un cuadro para todos los días del mes. «Cada vez que viole cualquiera de estas virtudes -dijo-, introduciré un pequeño punto negro junto al valor y el día de que se trate. Mi objetivo es que en ese cuadro no aparezca ningún punto negro. Entonces, sabré que estoy viviendo realmente esas virtudes.»

Se sintió tan orgulloso de su idea, que mostró el diario y explicó su sistema a un amigo. Éste le dijo: « ¡Estupendo! Aunque yo creo que debieras añadir humildad a tu lista de virtudes». Benjamin Franklin se echó a reír y añadió a su lista una decimotercera virtud. Recuerdo haber leído esta historia, incluida en la autobiografía de Benjamin Franklin, en un destartalado hotel de Milwaukee. Me encontraba con un programa de trabajo muy intenso, con la perspectiva de hacer varios programas de radio y televisión, firmar libros y participar en un programa de televisión con algunos invitados. La noche antes de cumplir con todas estas obligaciones, decidí: «Muy bien, estás aquí, así que sácale el mejor partido posible. Al menos, puedes alimentar tu mente».

Recientemente, se me había ocurrido la idea de los valores y sus jerarquías, y había creado lo que me parecía una gran lista de valores para mí mismo, con la que me sentía a gusto. Pero, al reflexionar sobre las virtudes de' la lista de Benjamin, me dije: «Sí, tienes el amor como valor, pero ¿estás siendo amoroso ahora mismo? La contribución es uno de tus valores principales, pero ¿estás contribuyendo en este momento?» La respuesta era que no. Tenía grandes valores, pero no estaba midiendo si vivía realmente de acuerdo con ellos a cada momento. Sabía que yo era una persona cariñosa, pero al mirar hacia atrás podía observar muchos momentos en que no lo era.

Me senté y me pregunté: « ¿En qué estado de ánimo me encontraría si fuera lo mejor y más elevado que pudiera ser? ¿Qué estados me comprometería a cultivar cada uno de los días de mi vida, sin que importe lo que ocurra en ellos?» Los estados de ánimo con los que me comprometí incluían: ser amistoso, feliz, cariñoso, extravertido, juguetón, poderoso, generoso, animado, apasionado y divertido. Algunos de esos estados coincidían con mis valores, y algunos otros no. Pero sabía que, si lograba vivir realmente esos estados cada día de mi vida, estaría viviendo mis valores continuamente. Como ya se puede imaginar, fue un proceso muy excitante.

Al día siguiente, al aparecer en los programas de televisión y radio, me situé deliberadamente en esos estados. Me sentí feliz, cariñoso, poderoso, divertido y con la sensación de que lo que decía y hacía contribuía a aportar algo, no sólo a mis invitados, sino también a las personas que estuvieran escuchando y viendo. Luego, me dirigí a uno de los grandes almacenes locales para firmar libros. Al llegar, el director se me acercó con expresión tensa y me comunicó: «Hay un ligero problema, señor Robbins... El anuncio de que va a estar aquí para firmar libros saldrá publicado en el periódico de mañana».

Si eso me hubiera sucedido antes de haber leído la lista de Benjamin Franklin, podría haber reaccionado de una forma bastante singular. Pero, teniendo en cuenta mi nueva lista, pensé: «Me he comprometido a vivir de acuerdo con estos estados sin que importe lo que ocurra. ¡Qué extraordinaria oportunidad para ver si estoy viviendo realmente mi propio código personal!» Así que me encaminé de todos modos a la mesa donde debía firmar libros y miré a mí alrededor. No había nadie, y sólo unas pocas personas pasaban por ese pasillo. ¿Cómo podía crear animación donde no existía?

Lo primero que me vino a la cabeza fue mostrarme muy animoso. Al fin y al cabo, uno de los estados de mi lista era precisamente ése. Así pues, tomé un ejemplar de Poder sin límites, empecé a leerlo y a emitir toda clase de sonidos de interés: « ¡Ooooh! ¡Aaaah! ¡Uau! ¿Es eso cierto?»

No tardó en pasar una mujer, se sintió atraída por mi entusiasmo acerca de lo que parecía ser un libro brillante, y se detuvo a ver lo que estaba leyendo. Le hablé enseguida de ese libro increíble, y le indiqué todas las mejores historias y técnicas que contenía. Alguien más se detuvo para ver a qué venía tanto jaleo, y luego se le unieron otras 'personas. Al cabo de veinte minutos había entre veinticinco y treinta personas a mí alrededor escuchándome hablar acerca del gran libro que había encontrado.

Finalmente, dije: « ¿Y saben lo mejor de todo? ¡Pues que resulta que soy un buen amigo del autor!» Los ojos de la primera mujer que se había detenido a escuchar, se iluminaron: « ¿De veras?».Le di la vuelta al libro, sosteniéndolo por la contraportada, donde estaba mi fotografía, y pregunté: « ¿No le parece familiar?» Ella se quedó con la boca abierta, se echó a reír y lo mismo hicieron todos los demás. Luego, me senté y empecé a firmar libros. Aquella tarde resultó ser un éxito espectacular, y todos nosotros nos divertimos. En lugar de permitir que los acontecimientos controlaran mis acciones y percepciones, había elegido conscientemente vivir lo que ahora denomino código de conducta. También experimenté una tremenda sensación de satisfacción al saber que al vivir esos estados de ánimo (al ser quien yo soy en realidad), estaba satisfaciendo mis valores en ese preciso momento.


"Ve y convierte tus palabras en hechos." 
RALPH WALDO EMERSON

Benjamin Franklin y yo no somos las únicas personas que tenemos códigos de conducta. ¿Qué cree usted que son los diez mandamientos? ¿O el juramento de los boy scouts? ¿O el Código de conducta de las fuerzas armadas? ¿O el credo del Club de los Optimistas? Una forma de crear su propio código de conducta consiste en revisar los códigos de conducta que ya existen...

Extracto de "Despertando al gigante interior" de Anthony Robbins
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