Lost in Translation/Filmaffinity.com

Si pudiéramos elegir a quién amar, sería como vivir en cuento de hadas donde se vence a la malvada bruja y viviríamos felices por siempre junto a nuestro príncipe azul. Cuántas veces hemos escuchado eso relatos en la niñez para poder dormir y soñar que podíamos ser la protagonista de esas historias, la verdad es que sólo es una fantasía.


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Una tarde fría y nublada, donde la rutina diaria no anunciaba nada interesante, en medio del tráfico, donde las personas van de un lado a otro, dos seres que nunca se habían cruzado se vieron y supieron que era el inicio de una intensa pasión.

Como cada pareja de enamorados disfrutamos el poco tiempo que podíamos compartir, cada uno era independiente  y tenía su propio espacio, pero al momento de estar juntos, hacíamos lo posible para poder concretar nuestro amor.

Sólo era él y yo en nuestra bella fantasía, donde nos amábamos sin temor a nada y sin el repudio de lo demás, aunque estos en la realidad tenían cierta importancia.
Por primera vez sentía que tenía a un verdadero hombre a mi lado, que hacía sentir mujer en sus brazos y que en la intimidad disfrutaba cada segundo que me rozaba sus labios, sus caricias, el olor de su sudor, todo me pertenecía y yo era suya, como nunca lo fui de nadie.

Las llamadas tenían horarios, los dos sabíamos cual era el momento indicado para realizarla aunque la espera se convertía en un martirio por escuchar nuestras voces.

El poco tiempo no era impedimento para disfrutar de nuestras compañías, lo importante era que nuestros cuerpos estén juntos en una entrega  donde el libido explotaba al máximo.
Algo más que sexo, pasión, nosotros somos mucha más que ello, estamos destinados.

Pero en la vida real no son como los cuentos donde todos viven felices por siempre,  todo tiene un final bueno o malo sencilla mente se acaba, muchas veces hablamos de poner un alto y cuando se trataba el tema, nos llevábamos por la pasión y dejábamos de lado la idea de estar alejados.


Esta vez la bruja que impedía nuestro amor es la vida misma, el hada madrina no podía protegernos porque cuidaba a quienes sufrían con nuestro amor prohibido.

Una tarde parecida como aquella donde nos conocimos, fue la primera vez que salimos juntos cogidos de la mano a caminar por las  calles, esa misma tarde me dio un abrazo  intenso que nunca quise recibir, me apretó fuerte a su cuerpo, sentía su corazón latir fuertemente, ese fue el adiós de mi vida.


Autor: Karen Castro Ferrer
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