Se cuenta que en cierta región, hace mucho tiempo, existía la costumbre de colgar a los viejos, los ancianos, de un árbol, de un cocotero. Los más jóvenes movían entonces el árbol y los viejos que caían, si no morían por la caída o por los golpes de los cocos que caían, eran eliminados por el pueblo.

Únicamente sobrevivían los pocos que aguantaban y permanecían aferrados al árbol sin caerse.

Era una inhumana y cruel selección de los más fuertes.

Esta costumbre salvaje contrasta con ese otro sentido antiguo de algunos pueblos como Japón y la India donde los ancianos son extremadamente venerados y respetados.
En nuestra época no cuelgan a los ancianos de los árboles pero todavía no existen el respeto y amor de corazón que se merecen.

En nuestro tiempo hay unas maneras sofisticadas de colgar a los ancianos de un árbol. Hoy se los deja abandonados en las casas o en los hospitales o en ciertas residencias donde apenas reciben las visitas de sus familiares.

Hoy se cuelga a los ancianos de los árboles con el menosprecio, la indiferencia y el olvido.
Hoy cuelgan muchos hijos a sus propios padres en los árboles cuando están ansiosos esperando que "los viejos" mueran para que al morir les caiga como fruta madura la herencia que están esperando. Es duro y triste. Pero ésa es la realidad en muchos casos. En más de los que se confiesa y se reconoce.
Amar la vejez. La ajena y también la propia.


Es frecuente oír a muchas personas decir que lo único que temen es llegar a viejos. Tales personas están rechazando la naturaleza tal como es. Quieren que La Vida, el orden de la Naturaleza se acomode a sus caprichos, como han hecho durante todos los años de su existencia.

Cada edad tiene su propio encanto.

Quien no acepta y ama su propia vejez presente o futura difícilmente amará a los otros ancianos, porque no se ama a sí mismo. Temer u odiar llegar a viejo es querer inmovilizar la vida. Y paralizar la vida es muerte.

La vida tiene sus períodos y épocas y cada una tiene su razón de ser y existir.
Sólo los racionalmente conscientes aman las cosas tal como son. Aceptan la vejez tal como es, incluso con sus achaques.

Amar. Amar a los ancianos no por compasión y lástima sino por la misma razón por la que se ama la niñez o se ama a los hijos o a su amigo.

Amar a los ancianos porque yo soy amor y todo cuanto existe es efecto del amor. También la ancianidad.

Las arrugas y los achaques no son causa para excluirlos del amor que no tiene barreras. Ni las molestias que puedan ocasionar.

Las personas que temen su propia ancianidad, con seguridad se pueden pensar que no aman de corazón a los ancianos. Y quienes no aman a los ancianos, difícilmente tendrán un amor generoso en sus vidas. Y sin amor generoso la vida será árida y seca.


Autor: Darío Lostado - Somos Amor

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