Nos hemos centrado mucho en las relaciones personales, sobre todo las relaciones de pareja y con los hijos pero entiendo yo que el amor incondicional va más allá de las relaciones personales. 

Por supuesto. No existen límites para el amor. Cuanta más capacidad de amar tiene un espíritu a mayor número de personas es capaz de amar sin que sea importante si hay un lazo de consanguinidad o no. La meta es alcanzar el amor incondicional, que abarca a todos los seres de la creación sin ningún tipo de distinción. Ya os habló Jesús de ello cuando os dijo lo de ama a tu prójimo como a ti mismo, y cuando dijo ama a tu enemigo.


¿Y porqué nos cuesta tanto evolucionar? Quiero decir, ¿no hay alguna forma de llegar más rápidamente a ese nivel evolutivo que nos permita amar incondicionalmente, tal como decía Jesús? 
Todo lo que hablamos gira en torno a esto. Para evolucionar a los niveles de Jesús hay que poner mucho énfasis en eliminar el egoísmo y desarrollar los sentimientos. Y esto no es nada fácil. No es un trabajo de una sola vida. Son cientos de miles de años de evolución, miles de encarnaciones. Además, aunque todos los espíritus encarnan con ese objetivo, una vez están encarnados, no llegan a tomar conciencia de para qué lo hicieron.


En la mayoría de personas la conciencia sólo abarca hasta donde dura una vida física, y mientras la fortuna material les sonríe dedican su vida a la satisfacción de deseos materiales. Se toman cualquier reflexión existencial como palabrería sin sentido, una pérdida de tiempo. No quieren hacer ningún cambio porque no les interesa dejar la vida caprichosa que llevan. 


Algunos se evaden de sus propias inquietudes del interior desarrollando la inteligencia bajo la educación científica materialista, y se mofan o consideran inútil cualquier tipo de indagación existencial. 


Hay otros que confunden espiritualidad y la religión, y se dejan llevar por la religión por ser un camino fácil, pues creen que con seguir unos rituales tienen suficiente para lograr un puesto de privilegio en el “cielo” y substituyen el trabajo espiritual consigo mismos por el fervor religioso, bajo el engaño de que esto último es agradable a Dios. 


Hay gente que sí despierta en su interior inquietudes existenciales. Muchas veces ese despertar es consecuencia de haber vivido circunstancias en la vida de mucho sufrimiento a las que no se resignan y quieren encontrar una explicación. No se conforman con las explicaciones sesgadas o incompletas que aportan la religión o la ciencia materialista sobre el sentido de la vida. Pero caen en la desesperanza al no encontrar respuestas satisfactorias a sus interrogantes. 


La conclusión de todo ello es que, por desinterés, por ignorancia, por incredulidad, por fanatismo o por desesperanza, la mayoría de personas no llegan a encontrarle el verdadero sentido a la vida, con lo cual viven sin comprender la vida ni aprender de ella, pues no la aprovechan para evolucionar, es decir, apenas hacen esfuerzos por desprenderse del egoísmo y por desarrollar los sentimientos. 


Según tengo entendido, en el budismo se habla de que la causa del mal del ser humano es debida a la existencia en él del deseo, y que la anulación del deseo le traerá la paz interior y el avance espiritual ¿Qué opinión tienes al respecto? 
Pues que hay que diferenciar de dónde viene el deseo. No es lo mismo un deseo egoísta que un anhelo motivado por los sentimientos. Algunas personas confunden la eliminación del deseo egoísta con la anulación de todo deseo y entonces llegan a la conclusión de que deben anular su voluntad para avanzar espiritualmente y esto es un tremendo error que muchas personas aprovechan para manipular a los demás. El que llamáis Buda sabía que la causa del mal del ser humano era el egoísmo y que era necesaria la eliminación del egoísmo para que se produjera el avance espiritual, y se refería al deseo egoísta como aquel impulso que el ser humano debe intentar eliminar de su interior para poder llegar a ser feliz. Pero como siempre, con el paso del tiempo las palabras y las enseñanzas se malinterpretan, y el ser que espiritualmente no está suficientemente avanzado tiene dificultad a la hora de distinguir lo verdadero de lo adulterado, y da por buena una enseñanza adulterada sólo porque está envuelta por la apariencia de espiritualidad. 


¿Algún ejemplo? 
La actitud frente al sexo. Hay personas que creen, porque así se les ha hecho creer en muchas religiones, que el deseo sexual, por ser deseo, debe ser eliminado si se quiere avanzar, y ponen todo su empeño en reprimir sus deseos sexuales en cualquier circunstancia. Esto es una gran equivocación, puesto que también el deseo sexual se puede despertar como una manifestación del amor de pareja que aporta felicidad y de la cual se están equivocadamente privando. El que bien entiende se dará cuenta de que es el deseo sexual que viene por la lujuria o la lascivia, es decir, el deseo sexual egoísta contra el que uno debe luchar para ir venciéndolo. En este caso el avance está en conseguir que el deseo de la sexualidad éste en consonancia con el sentimiento y no sea una manifestación de un vicio. No confundáis por tanto la eliminación de la lujuria o la lascivia, es decir la manifestación de la sexualidad egoísta, con el puritanismo, que observa como algo pernicioso toda manifestación de la sexualidad. Ya hemos dicho que también es una manifestación del sentimiento, un reflejo del amor de pareja. El puritanismo no es santidad sino prejuicio y represión, y el que más se escandaliza de los demás es casi siempre el que más esconde de sí mismo, en prejuicios y represiones. 


Has dicho antes que hay gente que confunde la espiritualidad con la religión ¿Qué diferencia hay entre espiritualidad y religión? Algunas personas creen que es lo mismo. 
No es lo mismo. La espiritualidad es una cualidad y capacidad individual del espíritu que le impulsa a evolucionar cada vez más. Evolucionar implica desarrollar libremente la capacidad de amar y de esta manera alcanzar progresivamente mayores cotas de sentimiento, sensibilidad, conciencia, comprensión, sabiduría y felicidad, para conocer entre otras cosas, cuál es el sentido de su existencia y de la de lo que le rodea, el desarrollo de su vínculo con el resto de seres de la creación y su Creador y cómo funciona el universo del que forma parte, incluidas las leyes que lo rigen. 


La religiones son organizaciones humanas de estructura jerárquica que se aglutinan en torno a una serie de creencias dogmáticas más o menos acertadas que no admiten discusión, que funcionan según el criterio de autoridad, es decir, que el que más autoridad tiene dentro de la estructura jerárquica es el que tiene el poder de decidir cuáles son las creencias verdaderas y adecuadas en las que deben creer los demás. 


¿Cómo es posible que, si el amor al prójimo es la base de la mayoría de religiones monoteístas, y con tanta gente en el mundo creyente en Dios al mismo tiempo, haya tanto egoísmo y falta de amor en el mundo? 
Ya hemos hablado de esto anteriormente. En muchas religiones el amor está sólo como palabra muerta que se utiliza como gancho para atrapar, pero no se vive ni se pone de manifiesto con el ejemplo. Además queda eclipsado por otras normas y creencias a las que se da mayor relevancia, muchas de ellas en contradicción con la propia del amor y el resto de leyes espirituales. Por ejemplo, el que se obligue a los fieles a creer sin discusión en una serie de dogmas vulnera la ley del libre albedrío, pues impide la libertad de creencia. Las religiones son un fenómeno ligado al egoísmo de ser humano, ya que manipulan la espiritualidad individual a conveniencia del egoísmo de unos pocos. En épocas pasadas las autoridades de las religiones dominantes imponían su credo por la fuerza y el que no se sometía era aniquilado. Su poder era tal que no había posibilidad para la disidencia sin jugarse la vida. En la actualidad, aunque con menos fuerza, todavía en algunos países la religión sigue siendo un yugo que ahoga la libertad del ser humano. 


¿Quieres decir que las religiones son un obstáculo para la evolución del ser humano hacia el amor? 
Lo que quiero decir es que el egoísmo humano es un obstáculo para la evolución en el amor, pues es tan hábil que se infiltra en la espiritualidad del ser humano para adulterarla y manipularla, y el resultado de esa mezcla entre la espiritualidad y el egoísmo es lo que origina las religiones. Ya hemos comentado que muchas de las religiones tienen su punto de inicio en las misiones de seres más evolucionados que trasmitieron mensajes espirituales verdaderos que consiguieron calar en los corazones de la gente, pero que con el tiempo estos mensajes eran adulterados y deformados por espíritus poco evolucionados con afán de protagonismo y ambición con el propósito de satisfacer sus ansias de poder y riqueza. Bajo la influencia de estos seres movidos por el egoísmo las verdaderas leyes espirituales son substituidas por las leyes del egoísmo a las que se recubre de aparente espiritualidad con los adornos de los rituales y las ceremonias. 


¿Algún ejemplo de cómo las verdaderas leyes espirituales son substituidas por las leyes del egoísmo? 
Sí. En vuestro mundo, habéis substituido la ley de la justicia espiritual por la egoísta “ley del embudo”, es decir lo ancho para vosotros y lo estrecho para los demás. Cada uno ve justo lo que le favorece e injusto lo que favorece a los demás. Aunque es la misma cosa la veis diferente en función de si sois vosotros los que la hacéis o si son los demás los que la hacen. Justificáis vuestras actuaciones egoístas y criticáis las de los demás con fervor, a pesar de que son la misma cosa. Y el que se siente con más poder de acción es el que acaba imponiendo su ley sobre la de los demás. Por ejemplo, los que ostentan el poder suelen gozar de privilegios que no poseen los demás, como salarios desproporcionados, pensiones abusivas y exenciones de pagar impuestos, mientras que al resto de ciudadanos les hacen cumplir unas normas mucho más estrictas. 



Vosotros habéis substituido la ley del amor por la egoísta ley de la satisfacción de la riqueza y el éxito, por eso entendéis que hacer el bien es actuar para conseguir la satisfacción de vuestros intereses y anhelos materiales, el éxito, la fama, una vida cómoda con abundancia de caprichos y comodidades, aunque sea a costa del sufrimiento de vuestros semejantes, y entendéis el mal cuando experimentáis la más mínima privación de los mismos. Pero no es así. Hacer el bien, entendido correctamente, es actuar en armonía con la ley del amor, y hacer el mal refleja los actos contrarios a la ley del amor, generalmente actos egoístas que generan sufrimiento e infelicidad. 


La ley del libre albedrío la habéis substituido por la ley del más fuerte. Es decir, que el más fuerte obliga al más débil a hacer lo que le venga en gana. Por ello en vuestro mundo se mira mucho quién dice las cosas, su posición, su título, su rango y no si lo que dice es verdadero o no. El humilde no es escuchado aunque diga la verdad, mientras que el poderoso, el que tiene la fama, el éxito, el que se ensalza a sí mismo con rangos y títulos inventados por el ser humano, puede decir lo que le venga en gana que cualquier cosa que diga se le tomará en consideración. Muchas de estas celebridades transmiten mensajes falsos que sirven para manipular y fanatizar a la gente, y aún así se les considera por encima de los demás. Este dominio de la “ley del más fuerte” y el poco respeto por la ley del libre albedrío se pone de manifiesto en lo que se refiere a las autoridades religiosas. ¿Cómo es posible que personas que se consideran a sí mismas espiritualmente avanzadas sean las más intolerantes, incomprensivas, rígidas, que sólo ponen empeño en seguir escrupulosamente las normas y los ritos y en criticar a los que no los siguen, que fácilmente condenan a los demás en sus actos y conductas y que tan poco énfasis hacen en corregirse a sí mismos en los malos hábitos egoístas? ¿Acaso no es la tolerancia y la comprensión de las ideas de los demás una virtud espiritual? ¿Dónde está en ellos esa virtud? 


Pero entiendo yo que por lo menos hoy en día hay muchas personas que reconocen estos comportamientos egoístas, que reconocen la manipulación que se ha producido de la espiritualidad en el seno de las religiones y que están emprendiendo una búsqueda de los auténticos conocimientos espirituales 
Esto es algo positivo, pero no es suficiente con conocer. Es necesario reconocer lo que es verdadero y separarlo de lo falso, porque aunque lleve un supuesto sello de conocimiento espiritual no es oro todo lo que reluce. Lo más importante es poner en práctica en uno mismo aquello que se va aprendiendo respecto a los sentimientos y al egoísmo, de lo contrario tampoco se avanza. Quiero decir que no confundáis el avance espiritual con el hecho de conocer determinados conocimientos espirituales. Si el conocimiento aprendido, que debe servir para un avance en el desarrollo de los sentimientos, se utiliza para dar rienda suelta al egoísmo, refinadamente encubierto con una apariencia de espiritualidad, se cae en la misma trampa en la que han caído los jerarcas religiosos. 


¿Qué quieres decir? 
Quiero decir que hay muchas personas que ponen gran empeño en conocer y estudiar los conocimientos espirituales de diferentes fuentes. Pero si luego utilizan el conocimiento adquirido con ánimo de lucro o como forma de adquirir fama, admiradores, protagonismo, creyéndose mejores que los demás, lo que están haciendo, en vez de desarrollar los sentimientos, es dar rienda suelta a su vanidad. Y esto es todavía más grave no sólo cuando uno se pierde a sí mismo, sino cuando contribuye a confundir y desviar del camino espiritual a los demás, pues con su ejemplo confunde a los que lo siguen. Esto mismo es lo que denunció Jesús en su época cuando llamaba a los sacerdotes judíos “ciegos guías de ciegos”. Por ello es muy importante mirar lo de uno mismo primero antes de lanzarse a “predicar” a los demás, porque el que no se observa a sí mismo primero y no reconoce su propio egoísmo e intenta eliminarlo, no está en condiciones de dar ejemplo a los demás de conducta altruista. 


Me vendría bien un ejemplo para aclarar este punto. 
Te contaré una historia como ejemplo de esto que te digo. En una clase de una escuela espiritual se encontraba un maestro con su grupo de cien alumnos. Habían estado conociendo las diferentes etapas del egoísmo dentro del proceso de la evolución (la vanidad, el orgullo y la soberbia) y cómo se manifestaba el egoísmo en cada una de estas etapas. Como resumen final de toda la lección les dijo: “La principal característica de la vanidad es el afán de protagonismo, el querer ser más que los demás. La principal característica del orgullo es el temor a darse a conocer tal y conforme uno es. La principal característica de la soberbia es que, aunque son los más humildes de todos, todavía les falta ser totalmente humildes”. Tras la explicación, pidió a cada alumno que, de acuerdo a lo aprendido, se situara en uno de esos tres niveles y luego que cada uno anónimamente lo apuntara en un papel. Luego les pidió que colocaran cada uno el papel dentro de una urna con el propósito de realizar un recuento para analizar colectivamente el nivel evolutivo de la clase. El maestro, después de contabilizar las papeletas y analizar los resultados a los alumnos le dijo: “80 de vosotros estáis en la etapa de la vanidad, 19 estáis en la etapa del orgullo, y sólo uno está en la etapa de la soberbia”. A la luz de los resultados, los alumnos, sorprendidos y contrariados, comienzan a murmurar entre ellos. Se preguntan unos a otros cuál ha sido su evaluación sobre sí mismos. Poniéndose de acuerdo eligen un portavoz, el cual se dirige al maestro para manifestarle su desacuerdo respecto a los resultados. “Maestro, nos hemos preguntado unos a otros qué es lo que había escrito cada uno en su papel y no coinciden con los resultados que tú has indicado, pues al menos diez personas se han reconocido como soberbios mientras que tú sólo has contabilizado uno”. 


El maestro les dice: “Si estáis en desacuerdo, realizad vosotros mismos el recuento”. 
Los alumnos toman la caja con las papeletas y realizan el recuento, resultando que 80 alumnos se definieron en la etapa de la soberbia, 19 votaron en blanco y uno se definió en la etapa de la vanidad. A la luz de los resultados el portavoz de los alumnos toma la palabra y dice: “¿Has visto, maestro? Nosotros teníamos razón, pues la mayoría se había situado en la soberbia, como te habíamos dicho. El maestro les contesta: “Ciertamente vosotros habéis dado resultado del recuento, mas no habéis dado con el resultado verdadero”. “No entendemos lo que quieres decir”­dijo el que actuaba de portavoz. 




A lo que el maestro respondió gustosamente “Ahora mismo os lo explicaré. Los 80 que votaron la soberbia, en realidad están en la etapa de la vanidad, etapa que se caracteriza por el afán de protagonismo y por querer ser más que los demás. Al saber que la soberbia era la etapa más avanzada, no querían ser ellos los últimos sino los primeros en todo, y se identificaron en la etapa superior. Los 19 que votaron en blanco en realidad son los que están en la etapa del orgullo, que se caracteriza por el temor a darse a conocer. Por eso votaron el blanco, por el temor a darse a conocer. Y el único que votó vanidad en realidad es el que está en la etapa de la soberbia pues es el más humilde de todos, ya que ante la duda se colocó en el peldaño más bajo de todos.”

Continuará...



Extracto del libro  “La ley del amor” - Las Leyes Espirituales II de  Vicent Guillem
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