Bendice tu ciudad, tus gobernantes y a todos como los educadores, enfermeras, barrenderos, sacerdotes y prostitutas.
 Cuando alguien te muestre la menor agresividad, cólera o falta de bondad, responde con una bendición silenciosa. 

Bendice totalmente, sinceramente, gozosamente, porque esas bendiciones son un escudo que los protege de la ignorancia de sus maldades, y cambia de rumbo la flecha que te han disparado.

La regla de oro que todas las religiones enseñan es ésta: “No hagas a otro lo que no quieras para ti” o en positivo: “Todo lo que quieras que los demás hagan por ti, hazlo tu por los otros”

Esta regla se aplica no solo a nuestro comportamiento sino también a nuestros pensamientos porque los pensamientos son el origen de las palabras y de los comportamientos. Pensar bien de los demás es casi lo mismo que “no juzgar”, algo muy difícil de conseguir.

Bendecir y amar a los que nos agreden de palabra o de obra es una armadura inpenetrable que impiden que las flechas que nos buscan nos hieran interiormente. 

Pueden herir nuestra sensibilidad y nuestro físico pero si nosotros no queremos, no pueden dañar nuestro ser más hondo.

Un relato sobre la aplicación de la regla de oro:

El Doctor Ritchie estaba con las tropas americanas que liberaron los campos de concentración nazis en los que se corrompían las víctimas del holocauso. Cuenta este doctor que conoció a un prisionero que aún se mantenía en pie, le brillaban los ojos y estaba radiante de salud. Como hablaba varias lenguas se convirtió en
traductor de los soldados americanos en sus esfuerzos por ayudar a los prisioneros a regresar a sus casas. Le llamaban Wild Bill Cody por sus bigotes que recordaban los del héroe del Far West. Este hombre estaba dotado de una energía infatigable. 

Después de jornadas de trabajo de 15-16 horas no mostraba el menor signo de cansancio mientras que Ritchie se caía de agotamiento. Cuando los papeles de Wild Bill llegaron a su despacho, Ritchie se quedó estupefacto al ver que aquel hombre llevaba en campo de concentración ¡desde…1939! Parecía imposible que un hombre hubiera sobrevivido con tan excelente salud en un ámbito físico y mental tan horroroso.

Sin embargo era un hecho indiscutible. Aquel hombre había compartido las mismas barracas infestadas de piojos, había comido la misma sopa infecta que había reducido en pocos meses a los demás prisioneros a ser piltrafas humanas. Pero él derrochaba vitalidad y energía. Además era la única persona con quien todos se entendían bien en aquel campo de concentración donde reinaban unas enemistades entre las diversas nacionalidades casi tan intensas como contra los alemanes.

Un día, en torno a unas tazas de te, cuando Ritchie hablaba de la dificultad que podían sentir los  exprisioneros para perdonar a sus verdugos nazis, Wild Bill contó su admirable historia:

Era abogado en Varsovia y vivía con su mujer y cinco hijos en ghetto judío. Un día los soldados alemanes llegaron al barrio, alinearon a todos contra un muro (excepto al abogado porque hablaba alemán) y los ametrallaron sin piedad. “Tuve que decidir entonces-dijo-si iba a permitirme odiar a los soldados que habían hecho aquello.De hecho fue una decisión fácil. Yo era abogado. En mi profesión había visto con demasiada frecuencia lo que el odio puede hacer en los espíritus y en los cuerpos de la gente. El odio acababa de matar a las seis personas que eran para mi los seres más preciosos del mundo. Decidí en aquel momento dedicar el resto de mi vida fueran unos pocos días o muchos años  "a amar a cada una de las personas con las que entrase en contacto".

Lo notable de este relato, es que el abogado no tomó su decisión apoyándose en ninguna base “religiosa” sino simplemente sobre la base de su experiencia de la vida y sobre su constatación de que el amor regenera y el odio destruye al mismo que lo fomenta.

Hoy existen pruebas científicas de que el amor refuerza los mecanismos auto-inmunitarios del cuerpo. Los que obran mal acumulan una cólera mucho mayor contra ellos mismos que contra los demás. Se hacen daño a sí mismos endureciéndose. No hay persona espiritualmente sana que pueda desear el mal o el
sufrimiento a otros. El mal es el resultado de la ignorancia: ignorancia de las leyes que gobiernan el universo; ignorancia de que el camino del amor incondicional, de la obediencia a la Regla de oro, es el camino supremo hacia la felicidad y la libertad para todos; ignorancia del hecho de que más pronto o más tarde, el mal que cometemos conscientemente vuelve a nosotros y a menudo con sobrecargas multiplicadas.

En el fondo del peor criminal se oculta un hijo o una hija del Creador que no sabe lo que él mismo es. Solo el amor permite a una persona que se siente culpable o que está totalmente convencida de su postura, modificarla. Cuando una persona está a la defensiva es muy difícil que modifique su punto de vista porque solo piensa en la supervivencia, sea de su pequeño “ego”, sea de algún privilegio material que se empeña en defender.

Cuenta una mujer que iba por la calle detrás de dos hombres que caminaban uno tras otro. El primero entró en una tienda y sin advertirlo se le cayó la cartera al suelo. El segundo se precipitó sobre ella y se la metió en el bolsillo siguiendo su camino. Mientras tanto la mujer que lo vio todo, en vez de condenar al ladrón, afirmó silenciosamente su integridad como imagen de Dios. Se dijo para sí: "Un hijo de Dios es honrado, solo puede actuar de forma justa y correcta." En esto el hombre que entró en la tienda salió precipitadamente buscando su cartera. Al mismo tiempo el otro que le había robado, volvió sobre sus pasos y se la entregó a su propietario diciendo: “Esta mujer me ha dicho que debía devolvérsela” Pero la mujer no lo había dirigido ni una palabra! Amar al prójimo es reconocer la creación perfecta de Dios en él, en cada persona.

Este relato muestra hasta qué punto, detrás de las apariencias, habitamos un universo en el que lo mental y lo espiritual son quizás infinitamente más importantes de lo que nos imaginamos; en el que las personas sienten nuestros pensamientos más íntimos y reaccionan ante ellos muchas veces sin saberlo.

Nadie puede ser nuestro enemigo si nosotros no le damos ese poder. Esto se debe al hecho de que toda la vida es interpretación y todo lo que ocurre ha de pasar por el filtro de nuestra conciencia, de nuestra percepción. Un suceso “en sí mismo” no existe; somos nosotros los que interpretamos todos los sucesos, nuestras relaciones, nuestras percepciones sensoriales. En cierto modo cada uno de nosotros crea su propia realidad cada día, cada instante, con su forma de percibir y definir las cosas.

El amor incondicional es el comportamiento normal y racional de quienes han integrado de verdad la idea de que el ser humano y el universo “es” (y ni “son”) uno. Si todo es expresión infinita de un Principio de amor infinito no puede haber separación por ningún lado.

¡Pero vivirlo es harina de otro costal!
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