Durante este periodo de transición, mientras sanamente debemos "dejar ir", necesitamos tener fe y recordar que nuestras aspiraciones se harán realidad en su momento, no antes. Si te vas a vivir a otra ciudad, tendrás que pasar un rato en la carretera que une a la ciudad anterior con la nueva, para ti. Este trayecto te puede producir cierta inseguridad, pero también puede emocionarte al saber que te diriges a algo mejor. Ese "mejor" nunca llegará si no aprendemos a "dejar ir". Si logramos dejar ir, si logramos desapegarnos y confiar en el proceso del desarrollo y crecimiento espiritual del ser humano, alcanzaremos a ver en la vida el milagro de la fluidez. Necesitamos aprender a dejamos fluir. Los apegos generan sufrimiento porque la vida es un fluir constante en donde no hay atadura alguna. Las ataduras son cuerdas y cadenas que surgen de nuestra miopía al intentar ver el fluir natural de la vida con el anhelo de sentir seguridad en aquello a lo que nos hemos atado. La vida no funciona así. La vida es un fluir y sentiremos ser parte de ese milagroso flujo cuando aprendamos a dejar ir.

¿Cómo puedes dejarte fluir? Observa a un surfista. Cada vez que he tenido la oportunidad de observar una competencia desurf, me llama la atención que el mejor es aquel que se deja llevar (fluir) por las olas, pero cuando quiere dominar la ola y ser él quien marca el paso, suele caer, golpearse y perderse momentáneamente en el fondo, lo revuelca la ola. Hoy te quiero invitar a que con una nueva conciencia, aprendamos a surfear la vida; si no te dejas fluir, si no dejas ir muchas cosas y personas, la vida te puede revolcar.

Los amigos que me ha presentado la vida y que he dejado ir, si los vuelvo a ver, los veo con mucho gusto; cada quién ha labrado su propia leyenda personal y en ello nadie se debe meter. Paulo Coelho señala en El Alquimista, una gran verdad: el que viaja sabe que es siempre necesario partir un día, la vida es un viaje constante.

A su vez, James Redfield en La profecía celestina*, en una de las iluminaciones plantea una cuestión muy importante: ¿cuántas veces por vivir atados a alguien o a algo, sentimos que detenemos nuestro crecimiento?... Hay que estar alertas y observar que esto ocurre cuando uno se apasiona por una persona. La codependencia, la costumbre o la tradición, instancias todas ellas que no nos permiten "dejar ir", siempre detienen nuestro crecimiento, frenan nuestra evolución.

"La fusión de dos personas da como resultado dos medias personas." - Wayne W. Dyer

Con algunas relaciones (amistades o de pareja) uno nota que con el tiempo los caminos se van separando y empiezan a desarrollarse distintos intereses y actividades. En lo personal yo notaba la separación a leguas, pero me resistía, arguyendo falta de cariño o de cuidado, o de interés. Sin embargo, es curioso que cuando más nos aferramos a seguir con algo o con alguien, es cuando más nota nuestro corazón que los caminos se están distanciando. Definitivamente, el único que sabe surfearla vida es el corazón.

Buscar a mi amigo fue extraordinariamente grato, pero entendí que aunque nuestro pasado fue muy valioso, nuestro brevísimo reencuentro también lo fue por el simple hecho de que aprendí a "dejado ir".

Cambiar de opinión con respecto a algo o a alguien requiere de una gran flexibilidad, y es ella la que nos permite aprender a dejar ir. La sabiduría oriental señala: la flexibilidad es más poderosa que la resistencia, pero  nadie la pone en práctica. El poder no estriba en hacer lo que nosotros queramos, sino en acoplarnos al sano fluir de la vida para, así, seguir construyendo. Con nuestro físico, con nuestro dinero o con nuestro conocimiento, el poder que ganamos en este mundo es como una burbuja en el océano, que nos hace sentir diferentes y "aparte" del mar, pero tarde ó temprano esa burbuja explotará, y entonces nos reintegraremos al océano.

Sé que estos conceptos pueden ser impactantes para algunos lectores. Ojala que con una nueva conciencia podamos estar de acuerdo. Deja ir y verás lo bueno que llega. Sin embargo, cuando explico y ayudo a vivir esta nueva conciencia a alguno de mis amigos, suele surgir esta pregunta: ¿cuándo somos libres de dejar ir a alguien o algo que no consideramos fructífero, pero sin confundirlo con evasión de responsabilidad? ¡Magnífica pregunta! ¿Cuándo dejar a ese amigo? ¿Cuándo se impone un divorcio? ¿Cuándo renunciar a aquel trabajo? ¿Cuándo? Cuando en lo más profundo de tu corazón –donde nadie más que tú opina- sientas la certeza de que no estás huyendo con la esperanza de encontrar un sustituto mejor.

Si hay carga emocional, no es bueno dejar ir, hasta sería aconsejable retener o quedarse, pero si, por otra parte, nos sentimos satisfechos y plenos, con una conciencia limpia respecto a lo que hemos hecho, y sinceramente sabemos que ya no es un reto ni nos aporta nada constructivo, lo mejor es apartarse. Es una voz interna, no un impulso emocional, lo que nos dice: "déjalo ir", Y así se nos guía por el camino de la verdad.

"Estoy comprometido con la verdad, no con la consistencia." Mahatma Gandhi


Los padres o madres responsables lo entienden perfectamente; saben que los hijos no los tendrán por siempre. A su vez, cualquier hijo sensato sabe que nunca tendrá por siempre a sus padres. Cualquier jefe sabe que su mejor colaborador querrá desplegar las alas, y lo debe dejar ir para favorecer su crecimiento. Cualquier persona que ha superado una separación también lo sabe. Si aprendemos a "dejar ir" con el fluir natural de la vida, no lucharemos contra nada o nadie. Al no luchar, nunca nos debilitaremos, sino por el contrario, nos fortaleceremos. Desde que aprendí a "dejar ir", más milagros han sucedido en mi vida. Es algo difícil de explicar, pero así ocurre ¡diario!

Si llegas a sentir profundamente este mensaje, lejos de sentir nostalgia o tristeza por la pérdida o el distanciamiento, lejos de sufrir por ya no tener a alguien o algo, se abrirá un horizonte que no habías logrado ver, ni mucho menos imaginar, y te puedo asegurar con el máximo grado de verdad, la evidencia incluso de mi vida, que "dejar ir" te conferirá una gran... ¡Emoción por existir!

Del Taller de Autoestima de Juan Carlos Fernández. Capitulo 64 - Volumén 2

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